[COLUMNA] “Mami, no quiero ser milico”

Michael Selim Nash Sáez, joven conscripto ejecutado y desaparecido por negarse a disparar contra su propio pueblo.

Por: Hugo Pérez Torrejón
“Él no ve por un ojo, así que se salvó. Además tiene pie plano”, decía mi mamá cada vez que el tema salía en la conversación. Por algún extraño motivo, generaba morbo en algunas personas el saber que podía hacer el servicio militar. Sin duda aprendería a levantarme temprano, obviamente bajaría de peso y, lo más importante, “ahí te vai a hacer hombre”.



 
Hasta que un día de febrero de 2012, el tema apareció otra vez. Mi amigo Augusto, un hombre recto, con su situación militar al día, tomó el notebook de mi hermana y buscó mi RUT en esa plataforma que tienen para saber qué sucede realmente. Debía presentarme en marzo, a primera hora de la mañana como rezagado a mi regimiento más cercano. A mi mamá se le desfiguró el rostro. Se pasó un millón de películas con milicos viniendo a buscarme a la casa, llevándome directamente a un cuartel, con el peor de todos los desenlaces: yo haciendo el servicio militar y muriendo en el intento.
 
Quizás muchos lo olvidaron, pero estaba aún fresca en la memoria la tragedia de Antuco, donde un grupo de jóvenes de extracción muy humilde fueron mandados a morir, a pesar de estar anunciada una tormenta de nieve y posibles avalanchas. Todavía recuerdo a mi mamá llorar desconsolada frente a la pantalla, viendo a otras madres llorar, golpear a militares en el pecho con su puño cerrado, reclamar y gritar que ninguna indemnización les devolvería a sus hijos. Y ellos, como los gorilas que son, se mantenían inamovibles, como la figura tradicional del padre latinoamericano: robusto, sólido, ausente, inepto, incapaz de sentir emociones y empatía, incluso cuando una madre grita el dolor desde las entrañas. Estoy seguro que en su mente pensaban “se hizo lo que se tenía que hacer”. Mi mamá jamás pudo soportar esa crueldad. En realidad, la soportó durante toda su infancia y adolescencia con mi abuelo, ex marino, que llevó las reglas de la institución hasta su casa una vez retirado. Entonces se prometió que “jamás mis hijos vivirán esta violencia”. Lo has hecho bien, mami.
 
Llegó el día. Más o menos, la segunda semana de marzo. Tenía 18 años y estaba entrando a hacer cuarto medio de nuevo. Nos levantamos a las 6 de la mañana y, aun así, llegamos con quince minutos de retraso al Regimiento Maipo, ubicado en Playa Ancha. Mi mamá intentó entrar, pero no la dejaron. Se quedó haciendo guardia junto a los padres y madres.
 
Me puse a la fila y los milicos nos miraron de pies a cabeza a todos los que estábamos ahí. Después, nos alinearon en el centro del patio formando un círculo. Ahí entró en escena un hombre moreno con barba de candado cuidadosamente afeitada y sombrero de capataz. En todo este teatro, él se vistió como un típico milico gringo encargado de humillar gente, de esos que se ven en Forrest Gump. Y así fue.
“¿Qué sucede con los que son nietos de exonerados?”, preguntó un joven en la primera fila. El milico que nos custodiaba avanzó hasta estar frente a él y empezó con su discurso. “¿Pa qué preguntai esa hueá? Tranquilo, si aquí nadie te va a sacar la chucha, pero ¿Vo’ estabai vivo pa’ esa fecha? Yo sí po. Estaba la cagá. Y sé que mataron gente. A mi profesora María Elena, por ejemplo. Una comunista culiá más roja que la cresta. Rica la hueona, pero comunista. Quería esa hueá de la ENU (Escuela Nacional Unificada). Y por esa misma hueá ustedes están saliendo de nuevo a marchar. ¿O creís que no sabemos? Aquí todo el año pasado nos llegaban lacrimógenas porque en el piedragógico (Universidad de Playa Ancha) armaban el hueveo”. El chiquillo que preguntó trataba de mirar hacia otro lado. Su abuelo había sido asesinado en dictadura. “¿Y tu abuelo era pacífico o andaba con fierros?”, le preguntó el milico. “Era dirigente sindical”, retrucó.
Había otro, que andaba con muletas. “¿Qué hueá te pasó?”, interpeló el milico. Supuestamente, se esguinzó el tobillo. Las muletas se las había tomado a su abuela. Ya habían pasado dos horas de estar parados escuchando al orangután que nos cuidaba. Al momento de firmar para regularizar la situación militar, el de muletas pasó primero. Soltó el lápiz y caminó hasta la entrada lo más rápido que pudo. El milico le gritó “¡Corre que la vieja necesita las muletas pa’ levantarse a mear”. Todos reímos. Fue el momento de máxima distensión.
Una a una desfilaban las más inverosímiles excusas para no hacer el servicio militar. Hasta que llegué yo y no alcancé a decir ni hola, cuando el milico secretario me dijo “Te lo vení a sacar, ¿cierto? ¿Cómo te llamai?”. “Hugo Pérez”, le dije. “Ya, firma aquí pa’ que te vayai. Debís estar cansado tanto rato para’o. Oye y cuídate po. Baja de peso”, me dijo. Nos despedimos.
Mi mamá pudo dormir tranquila, hasta ahora. En dos años más, le tocará con mi hermano. Ya tiene una excusa: sus problemas de audición. Una otitis más y queda sordo.
El año siguiente entré a Periodismo en la UPLA. Ojalá algún día se acabe el Regimiento Maipo.


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