[COLUMNA] La vida posmoderna de Rocko

“Ed Cabeza Grande representa a aquellos que aún no logran entender que ya no nos podemos reír de lo mismo que hace veinte años atrás, a aquellos que crecieron bajo convenciones machistas y patriarcales como si fueran la norma y se ven intimidados por los que abrazan estos cambios, y que se ven seducidos por estos peligrosos discursos conservadores y fascistas con tanta pantalla en nuestros días”.

POR: Mauricio Tapia Rojo

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Nuestra generación en cierto punto fue privilegiada. Toda la generación sub 30 no vivió en carne propia los oscuros años de la dictadura de Pinochet y estábamos muy chicos como para entender lo que estaba sucediendo en nuestro país en los años noventa. No sabíamos quién era Jaime Guzmán, el Frente Patriótico, Enrique Krauss, Eduardo Aninat o Manfred Max Neef (Q.E.P.D). Escuchamos la palabra Pinochet casi diariamente sin saber quién realmente era ese anciano que provocaba acaloradas discusiones de sobremesa.

Nuestra infancia estuvo acompañada de tecnología más bien básica. Aun jugábamos en la tierra, en el pasaje o en la plaza. Aun íbamos al cerro con nuestros tíos o papás. Más allá del televisor y la radio no existían medios de comunicación que estuviesen bombardeando de imágenes.

Escuchando música de la época podemos ver que el blanco de críticas iba enfocado hacia la televisión. Los videojuegos tampoco eran tan accesibles como ahora, y de hecho, el que tenía alguna consola original o pirata invitaba a los amigos a la casa y siempre terminábamos tomando once en la casa de ellos. No éramos conscientes de la política de los acuerdos, de los arreglines entre políticos, de las jugarretas sucias y para nosotros, como niños, si bien, vivimos muchas veces limitando la falta de algo producto de la cesantía de los padres, vivimos en una época relativamente tranquila.

Una de las cosas que más recuerdo de esa época fue la llegada de la televisión por cable. En aquellos años casi todos los canales de televisión tenían una programación infantil entre las cinco y las siete de la tarde. Con el paso del tiempo eso fue cambiando y pasamos a programas juveniles o magazinescos como el “Pase lo que pase”.La llegada del cable, a los niños, nos trajo cuatro canales de televisión con programación exclusiva para nosotros: Fox Kids, Discovery Kids, Cartoon Network y Nickelodeon. El primero cargado a la acción, superhéroes, animales musculosos, mutantes desfilaban por su parrilla. El segundo era ciencia y fue maravilloso.

Aún recuerdo programas como “El Fantasma Escritor”, “La Magia del cine”, “Splat”, “Artemanía”, “Mecánica popular para niños” y aprendí más que la chucha. Los otros dos eran locura y experimentación. Eran canales que te presentaban caricaturas bizarras, estilosas y con trasfondo. Caricaturas que, ahora uno mayor, piensa ¿cómo chucha me dejaban ver estas hueás?

Se me viene a la mente “La vaca y el Pollito” en donde el antagonista de la serie era un demonio amanerado que hacía juegos con su trasero. Siempre he tenido la hipótesis que gran parte de nuestra generación tiene “ese humor” es por los monos animados que vimos desde chicos. (Muchos de nosotros seguimos a Felipe Avello desde siempre, mientras que los más grandes simplemente lo encontraban insoportable).

Creo que al conversar con mis amigos, y ver mi propia experiencia, somos muchos los que anhelamos esa tranquilidad. Ese esperar las cinco de la tarde para jugar. Esos días largos. Esos veranos eternos y esas lluviosas vacaciones de invierno. Volver a ser protegidos. Somos los Millenials. Ese concepto manoseado que se ha utilizado para invalidar sentires tremendamente válidos. Como incomodarse ante el estado de las cosas, deprimirte, estresarte, querer cambiar las cosas rápidamente, decepcionarte, involucrarte más de la cuenta con tu trabajo, no reírse de las minorías y una serie de males que nos agobian. No niego que la nostalgia me mata y nos mata. Que daría yo por comer golosinas sin el temor de tener acides y ver monos animados. Ver “Oye Arnold”, ver “Ay Monstruos”, ver “El Laboratorio de Dexter”. Y mi caricatura favorita de toda la infancia: “La vida moderna de Rocko”.

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Recordemos la intro. Una madre canguro, perdón, ualabí, deja a su hijo solo. De la nada aparece un enojado reloj que literalmente lo hace crecer de golpe. Aun es un niño y una mano le abre la cabeza y le mete a la fuerza un libro que dice “conocimiento”. Ya adulto la misma mano, haciendo una especie de patada con sus dedos, lo manda al “mundo real” en donde se ve perseguido por un perro en un pasillo en que destacan los personajes de la serie, y además, un reloj, una taza de café, un libro y un teléfono. Cuatro elementos esenciales en la vida de un sub treintón promedio.

Viendo los capítulos de ya de grande uno agradece que Joe Murray, creador de la serie, no nos haya tratado como imbéciles (como el cabezón Marcelo) y nos haya regalado una serie tremendamente profunda y compleja. Rocko es un inmigrante que vive en un pueblo del país más capitalista del mundo. Intenta hacer todo bien, quedar bien con todo el mundo pero con intenciones desinteresadas. Sus amigos son una vaca y una tortuga machos que se caracterizan por la ingenuidad, la estupidez y muchas veces la hipocondría. El antagonista de la serie es Ed Cabeza Grande, un viejo conservador y amargado que odia a Rocko por la ligereza con que se toma la vida.

Haciendo memoria podemos decir que Rocko nos acercó a temas tremendamente contingentes como independizarse, la inmigración (Rocko tuvo que casarse con Filburt para no ser deportado), las familias disfuncionales, la maternidad, el medio ambiente y sobretodo el capitalismo.

La empresa que era el motor económico en O-TOWN era CONGLOM-O y su eslogan era “Tú nos perteneces”. La empresa era contaminante, abusiva con sus trabajadores y explotadora. Fomentaba la competencia y el arribismo. El señor cabeza grande representa a aquellos que han jubilado esperando recibir algún beneficio de la empresa a la cual están agradecidos y comprometidos hasta los huesos. La serie era bien ácida, hubo uno que otro chiste en doble sentido que en realidad siempre entendimos, y si bien era bizarra, no abusaba de lo grotesco como otros monos de ese tiempo.

Esa era la vida moderna de Rocko. Una caricatura de culto que hace un par de años anunció una película especial que por fin pudimos verla este fin de semana. No les miento. Es Maravillosa.

3 (Spoilers)

En esta nueva entrega especial la serie no abandona esa crítica social ácida que tanto la caracterizó. Es más, el autor consciente que los que verían el especial serían ya adultos, fue mucho más directo en sus mensajes.

Rocko y sus amigos regresan del espacio y se encuentran que todo ha cambiado. El nuevo mundo es agobiante. La ciudad está llena de automóviles, anuncios publicitarios gigantes, centros comerciales, muchos edificios y carreteras nuevas, cámaras de vigilancia, drones y mucho ruido. Se ríe de los locales “franquicia” tipo Starbucks o Subway. Se ríe del fanatismo hacia los Iphone y sus inumerables versiones. Se ríe de la popularidad y de la necesidad que se ha generado en torno las bebidas energéticas. La tecnología. La comida fusión. Las películas de superhéroes. Rocko ahora no es perseguido por un perro, sino por un cursor que termina quitándole el dinero.

Los personajes principales de la serie son reemplazados por los aquellos personajes burócratas quienes intentan aplastarlo con paletas “dislike” aludiendo a las redes sociales. Rocko termina pa` la cagá en su casa ante tanta información, ante tantos cambios. Y en torno a esos cambios es que giran los conflictos del capítulo. Filburt y Heffer son felices en este nuevo mundo. Disfrutan de los celulares, de las selfies y los youtubers, en cambio Rocko y el señor cabeza grande son los más agobiados ante los cambios.

Rocko está obsesionado con la nostalgia. Su estrés y ansiedad solo se calma con aquella dosis de pasado que se representa en su caricatura favorita: “Los Cabeza Gorda”. A su vez, el señor Cabeza Grande comete un error financiero que hace que CONGLOM-O se vaya a la quiebra, desatando una crisis económica en la ciudad. Esta es una alusión directa a cuando las grandes corporaciones se ven afectadas por una crisis son los ciudadanos los que se llevan la peor parte. De hecho, el desagradable Señor Dupette, dueño de la empresa, seguía viviendo con las mismas comodidades. Esta sensación de crisis se ve aumentada por la cobertura alarmista de los medios de comunicación.

Rocko tiene una idea. Convence al Señor Cabeza grande de ir en busca de su hijo Ralph, el creador de los Cabeza Gorda, con el fin de reestrenar la serie con financiamiento de la empresa y así reactivar la economía. Haciendo una evidente metareferencia a la misma serie.

Rocko logra dar con Ralph, pero sorpresa, Ralph es ahora Rachel. Cuando vi a Ralph con las pestañas encrespadas lo primero que pensé “Joe Murray, puto genio”. Es que claro uno de los grandes cambios vividos en el último tiempo y que más resistencia provoca es la diversidad sexual. Y al presentar al hijo del personaje más conservador de la serie como trans fue un tremendo acierto. Por ejemplo, cada vez que algún medio digital hace mención a algún triunfo de la actriz Daniela Vega, los comentarios están enfocados casi en un cien por ciento en negar su identidad de género. En este capítulo los personajes jóvenes ni si quiera se inmutan ante el cambio, es más siguen considerándola su amiga y quieren apoyarla a volver a la ciudad y crear el revival de la serie.

Otro punto interesante en la negación del padre al aceptar la nueva identidad de su hijo. A diferencia de él, su esposa se ve feliz al tener una hija. Ed Cabeza Grande se niega, se cierra ante la idea del cambio y se ve agobiado ante estos. “Por qué hay tantos cambios” grita el personaje en medio de una crisis nerviosa.

Joe Murray le dio espacio a otro arquetipo común de nuestros días y hace, en cierto punto, empatizar con él. El Señor Cabeza Grande representa a toda esa generación que está tan estresada como nosotros al ver como su Statu Quo se vio cambiado de manera tan rápida y violenta. Ed Cabeza Grande representa a aquellos que aún no logran entender que ya no nos podemos reír de lo mismo que hace veinte años atrás, a aquellos que crecieron bajo convenciones machistas y patriarcales como si fueran la norma y se ven intimidados por los que abrazan estos cambios, y que se ven seducidos por estos peligrosos discursos conservadores y fascistas con tanta pantalla en nuestros días.

Ed Cabeza grande logra aceptar estos cambios y a su hija. Rocko logra disfrutar de estos nuevos tiempos. El resto de los personajes están felices de que CONGLOM-O haya logrado estabilizarse a través de la realización del reboot de los Cabeza Gorda. Pero el broche de oro es maravilloso. El broche de oro es un mensaje directo. Hace unos días se andaba viralizando una frase de Slavoj Zizek que dice lo siguiente: “Nuestro principal problema, incluso ahora, es que nos resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Dicha frase no deja de tener sentido en nuestro contexto actual. Se ha generado nuevamente una angustia ante el cambio climático y el fin de la raza humana. Nos han entregado informes que nos dicen la fecha de vencimiento de nuestra especie. Bajo esa información todo pierde sentido y eso se siente en las micros, las aulas y los barrios. Se ha instalado una visión catastrófica que nos culpa a todos nosotros, menos a ellos los dueños de todo, del gran desastre del mundo. Somos seres de mierda. Una plaga depredadora que merece todos los castigos posibles y no hay nada que podamos hacer.

El especial de la vida moderna de Rocko termina con un cohete que se lleva a CONGLOM-O al espacio. Un cohete que saca de cuajo al edificio. El eslogan pasa de “Tu nos perteneces” a “Dueños de nada”. Al volar el edificio las riquezas de CONGLOM-O (billetes, monedas de oro, joyas) se ven repartidas ante el pueblo de O-TOWN cerrando con un final feliz: El fin del capitalismo.

El revival de Rocko no hace otra que cosa que reflejarnos. De mostrarnos como sobrevivir ante estas hostilidades del día a día. Y esa solución no está en la nostalgia, está en aceptar “los vientos de cambio” e identificar realmente, qué nos tiene tan pà la cagá.

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