La caída de Jani Dueñas: ¿Las mujeres no somos graciosas?

Por: Pía Bastidas Fuica

“Independiente de que Dueñas se dedicó a relatar sin mayores suspensos, ni entonaciones sorpresivas para los remates o cualquier otra falta de desplante escenográfico, lo que se vio fue una catarsis colectiva de varios machos y otras machistas abucheando todo lo que representó Jani sobre el escenario (conservador pinochetista), muy propio de la cultura chilena”. 

¿De qué nos reímos? Durante años la antropología de las emociones se ha hecho la misma pregunta. Lo que llama profundamente la atención es que el humor es una de las pocas sensaciones que experimentamos las humanas y humanos/es que es universal, presente en todas las especies humanas estudiadas. Sin embargo, de qué nos reímos, es una pregunta algo más compleja de responder, tal acción emocional: la risa, la carcajada o en definitiva qué nos hace sentir una risa o una carcajada, dependerá del país en el que habitemos, el lenguaje que utilicemos, el estrato social al que pertenezcamos, el lugar y el contexto donde nos situemos. Resulta interesante analizar el humor y lo que representa el mismo en ciertos contextos para llegar, a grandes rasgos, a develar la cultura que se asoma a través del mismo.

El humor dentro de la cultura patriarcal occidental se le ha permitido a los hombres, dentro de la socialización de género a las mujeres durante muchísimos años no se nos dejó ser “graciosas”, juguetear, ser pícaras. Una mujer graciosa no era digna de respeto y juguetona, se prestaba para habladurías en torno a su sexualidad. Lo anterior, significa salirse del molde mujer-madre. Una mujer graciosa, divertida, risueñas era catalogada como vulgar, insolente, incluso coqueta o bruja, hechicera. Si consideramos esta historicidad de género, podría ser una de las tantas razones de por qué hoy 2019, en el escenario más tradicional del país y al parecer, el con mayor cobertura de prensa y presencia en lo público, tenga en su programación sólo a una mujer haciendo humor ¿Es que acaso, las mujeres no somos graciosas? ¿No tenemos derecho a reír a carcajadas de asuntos que nos parecen contradictorios y absurdos sólo a nosotras, y eso compartirlo con la otra mitad de la sociedad? ¿Sólo nosotras tenemos que amoldarnos al humor que durante años han levantado hombres, haciendo creer que es universal? Ese humor homofóbico, misógino, patriarcal, sobre violaciones o burlas sobre los cuerpos y/o carácter de las suegras o las esposas, que durante años sólo nos ha denostado como mujeres. Ese humor de “guatón parrillero” que nos ofende y degrada, y que hemos tolerado no sólo a través de pantallas, sino que además en nuestras casas y en el trabajo, en recintos educativos, etc. Normalizando además situaciones de violencias y discriminaciones contra mujeres y niñas.

Lo que pasó con Jani hace pensar varias cosas. De partida, pese a que tuvimos una oleada feminista en las universidades el 2018 aquello no nos ha permitido romper con algunas costumbres más de base, más en lo profundo, como es el humor machista y su buena llegada, “sobre todo” en generaciones más antiguas.

No olvidar, que el reírnos de algo nuevo o dejar de hacerlo sobre un hecho en concreto o sujetos sociales, son indicadores de que la cultura va moldeándose a diario y así transformándose. Es por lo mismo, que a rasgos muy generales, a una generación le ocasiona risa algunas situaciones que a otra generación no les causaría gracia alguna.

A lo que quiero llegar es que, el abucheo durante 35 minutos a Jani Dueñas, me pareció la demostración empírica de una catarsis simbólica de machistas sobre una compañera. A la sociedad chilena hoy, esa que se llena de discursos con la “inclusión”, la “tolerancia” y el “respeto”, la verdad es que poco tiene de cierto, lo que se mostró es que como sociedad chilena no estamos dispuestas/os a aceptar nuevas formas de ser mujeres; mujeres fuera de moldes. Todo lo contrario, pareciera ser que resulta incómodo ver en un escenario a una mujer que no tiene miedo de decir que odia a la sociedad (y con toda razón/pasión), que no le interesa el molde de mujer-madre, que quiere tomar whisky y salir en citas Tinder, que la vejez y el odio hacia el cuerpo le parece fuerte, dado que no se nos permite envejecer ni engordar, ni decir groserías, ni mucho menos hablar del tamaño de los penes o bolas de los hombres con los que nos acostamos.

Independiente de la forma como Jani dijo lo que dijo o al menos lo que intentó decir, la sociedad que escucha a Marc Anthony y a David Bisbal, a la que le gusta la televisión abierta, los matinales, las teleseries y el consumo de chistes que no alteran el status quo, sino que buscan reforzar estereotipos de género y que los dejen en la zona de confort, no está dispuesta a ver mujeres ruidosas, masculinas, alcohólicas, rabiosas, hartas de los hombres y su machismo.

El mandato escencializador de lo que se espera es una mujer en un show sigue siendo bastante rígido y no da cabida a nuevos moldes. Valdebenito Natalia se salvó quizás por verse más femenina y por realizar una rutina con remates y un desplante lúdico más afables y cercano además a la feminidad patriarcal, esa que añoran alcanzar varias mujeres machistas y por la que varios hombres heteronormados desean a las mujeres.

Todavía no entiendo cómo es que nos escandaliza una mujer que dice que no le gustan los niños porque parecen “borrachos enanos”, y no nos parece mal que Morandé con Compañía siga al aire durante más de 10 años, si es que no 20.

Independiente de que Dueñas se dedicó a relatar sin mayores suspensos, ni entonaciones sorpresivas para los remates o cualquier otra falta de desplante escenográfico, lo que se vio fue una catarsis colectiva de varios machos y otras machistas abucheando todo lo que representó Jani sobre el escenario (conservador pinochetista), muy propio de la cultura chilena.

Mujeres no femeninas, mujeres con sobrepeso, con tatuajes, solteras a los 40 años, tomando whisky puro, criticando todo, vomitando odio, mujeres cancheras, rockeras, oscuras, nihilistas, dantescas, soberbias, agresivas, mujeres que se construyen para sí mismas, no para el deseo sexual de los hombres. Todas esas mujeres encarnadas en Jani, son a las que todavía no nos dejan ser, sin ser criticadas, abucheadas, ninguneadas, incluso violentadas.

Hay que seguir luchando compañeras, que por si no se han enterado incomodar es parte de ser feminista. Lo que hizo Jani en Viña, lo hemos hecho todas en las cenas navideñas, en los asados con los tíos violadores, en los recreos en el colegio, ante profesores/as en la universidad, ante la iglesia, ante amigos e incluso amigas y parejas.

El ser feminista es rebelarse, cuestionarlo todo y de paso podemos reírnos, pero siempre es más seguro que terminemos cayendo mal. Como escribió una amiga: Jani y todas las valientes que hacen humor y se encargan de disputar y ser referentes en esos espacios, sigamos reforzando nuestras burbujas de amor y sororidad, mira que harta falta nos hacen esas zonas seguras y libres de patriarcado ante tanta violencia machista y decadencia social.

 

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