[COLUMNA] Negar a Lemebel, Negar la lectura, Negar la realidad

Con humor e ironía, va armando este mundo otro, que nuestra moral de ‘doble estándar’ intenta negar y prefiere desconocer. Por su parte, el sarcasmo colabora a desvestir y diversificar una sociedad que, en su intolerancia y triunfalismo, se quiere muy arropadita y uniformada.”

Soledad Bianchi sobre la primera edición de “La esquina de mi corazón” en 1995

Por Mauricio Tapia Rojo

La primera vez que leí a Pedro Lemebel fue en el colegio. Estaba en cuarto medio y tuvimos que hacerlo para el electivo de lenguaje llamado “Literatura e identidad”. Tengo miedo torero fue la elección de la profesora, quien nos hizo pasar en su momento por Miguel de Unamuno, Cervantes, Borges e incluso al insufrible Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Lo que me llamó la atención fue el ritmo de su prosa. Era una de las primeras veces que un libro fluía en mi mente pudiendo ver las imágenes que dibujó el autor.

Esa mezcla de desolación, ironía, horror y humor. Lemebel en esa novela se mete al bolsillo a todos. A Pinochet, reduciendo su temible figura a la de un pobre y triste hombrecito que no puede tomar determinaciones por sí mismo teniendo como telón de fondo las absurdas propuestas y opiniones de Lucía. Y también a ese arquetipo que nace con Manuel Rodríguez. El guerrillero del amor, la paz y la justicia. Bien hombre, bien Machito enamorando con su guerrillero perfume a las “Penélopes” que lo esperan en la casa tejiendo chalecos con la comida caliente.

La primera vez que leí a Pedro Lemebel fue en el colegio. Era un colegio Católico. Ninguno de los que leímos la novela nos convertimos en homosexuales.

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¿A qué viene esta última aclaración? El 5 de diciembre de 2018, El Dínamo publica un reportaje que expone como los estudiantes del Liceo de hombres San Francisco de Quito rechazan la lectura de La esquina de mi corazón de Pedro Lemebel. Lo escandaloso del asunto no fue que estos niñitos luego de haber realizado un análisis narrativo exhaustivo hayan considerado que la mariposona prosa de la yegua del apocalipsis no aportaría nada a su formación académica, sino que los argumentos esgrimidos fueron que el libro era “asqueroso” debido a la orientación sexual del autor. Y es más, los apoderados estaban de acuerdo porque estiman que se estaba produciendo una homosexualización (como si eso fuera biológicamente posible) de los estudiantes a raíz de esta lectura.

El reportaje habla de polarización de opiniones. La negativa de los estudiantes no solo fue apoyada por los apoderados, sino que también por parte del cuerpo docente (“La mayoría de los estudiantes (…) no quisieron hacer la lectura debido a que temas de sexualidad y diversidad nunca se han tocado. Entonces cuando ya están grandes, en tercero medio, y les toca leer un libro (…) que aborda estas temáticas de manera más abierta. Obviamente se vieron incómodos”), el director del liceo (“El pilar fundamental de este colegio es el respeto. No puedo imponer a los alumnos que lean un libro que ellos estiman que no es conveniente, apoyados por los apoderados”.) E incluso la ministra de educación Marcela Cubillos (“yo creo que el respeto siempre es de ida y de vuelta. Yo creo que es un respeto a la libertad y un respeto a la diversidad”).

Al parecer a todos estos personajes se les olvida un pequeño de detalle. Estamos hablando de educación, y educación y censura son dos palabras que jamás deben estar juntas. Como planteó el alcalde de la comuna esta fue una polémica mal llevada. Los criterios pedagógicos pesaron poco. Que el plan lector haya estado visado por la unidad técnica pesó poco. No se aprovechó la instancia para problematizar el texto y debatir y dialogar en torno a una temática ultra vigente. No se aprovechó la instancia para educar. Solo se respaldó a los desafortunados estudiantes en pos de la diversidad. ¿Qué? Esto pasa por querer cambiar las cosas a medias. Pintar una casa que se derrumba cada vez más escandalosamente.

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Carlos Cuauhtémoc Sánchez es un autor mexicano que por mucho tiempo fue la reina del baile de los planes lectores. Sus libros fueron muy populares entre los estudiantes debido a sus temáticas principalmente sexuales. Pero detrás de textos tales como “Juventud en Éxtasis” y “Volar sobre el pantano” se instala un discurso y “consejos” descaradamente moralistas y conservadores. Se describen situaciones explicitas sobre abortos y violaciones. ¿Alguien se ha negado a leer estos textos? Y si alguien lo hiciera ¿se armaría un escándalo como este?

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Nadie entiende mucho para dónde vamos. Todo lo extraño se torna peligroso para algunos. El statu quo debe defenderse a balazos, fuego y puñaladas. En educación hablamos de leyes de inclusión y de aulas seguras al mismo tiempo. En las escuelas la palabra diversidad viene entrando en los discursos hace ya bastante tiempo ¿pero eso incluye ser tolerante con la intolerancia? ¿Eso incluye ser respetuoso con el que falta el respeto? Todo está convulsionado y paranoico. “Analistas” como Fernando Villegas plantea que el colega que hizo leer a Lemebel tiene una agenda detrás. Un discurso implícito con el cual pretende instalar estas ideas en las inocentes mentes infantiles (de tercero medio). Se nos plantea una invasión de seres extraños (Mujeres, negros y homosexuales) que quieren arrebatarnos la calma de nuestros dorados días de nuestra inmaculada democracia. Villegas habla de que cruzaron umbrales y que “ellos (la izquierda) se pusieron violentos” y pareciera que Chile se estuviese cayendo a pedazos por culpa de estos revoltosos. ¿Cuál es esa violencia? ¿Mujeres exigiendo que no las violen? ¿Inmigrantes que vienen buscando la económica promesa chilena que ellos mismos venden hacia afuera? ¿Por qué algunos usan el todes en lugar del todos? ¿Qué no se discrimine a la diversidad sexual desde la escuela? ¿Qué una actriz transgénero haya triunfado en los escenarios más grandes y les diga en la cara que aun vivimos en la alta edad media? y uno mira por la ventana y los centros comerciales están colmados de clientes a bolsas llenas ¿Crisis? ¿Dónde está ese Chile violento que hizo organizarse a grupos de corte fascista? Nadie entiende mucho para dónde vamos. Todo lo extraño se torna peligroso.

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¿Por qué es necesario leerlo? Porque Pedro Lemebel desde su dulce mirada de marginado maricón nos gritó en la cara un millón de verdades. Porque utilizo su cuerpo como un libro para que todos leyéramos. Porque su voz era entendida por todos. Porque su voz no tembló nunca sin importar las consecuencias. Porque nos habló del Chile que nadie quiso ver. Porque nos habló con las palabras que nadie quería escuchar. Y lo escuchamos y nos reímos y lloramos. Rechazar la lectura de “La esquina de mi corazón” es rechazar la realidad y lo escandaloso es que no solo estos jóvenes negaron estos hechos narrados, sino también lo hizo la institución completa.

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