“Comando Jungla”: Tragedia en tres actos

Por Mauricio Tapia Rojo

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El presidente se arregla la corbata. Su esposa le dice que está chueca. El Presidente le hace un comentario cliché digno de un matrimonio cliché. Los micrófonos y las cámaras están dispuestas. La prensa está atenta al llamado. Libretas, micrófonos y grabadoras listas para registrar los inertes versos del Presidente. Las cámaras se encienden. El Presidente se sube al podio. A su espalda hay un ejército verde. No es el verde de los árboles, de las plantas, de las frutas. Es un verde opaco, agrio, un verde desteñido por la lenta agonía. Verdes, erectos, con el rostro impasible, los soldados travestidos de policías se convierten en el telón de fondo de una historia que no acabará bien.

Las cámaras de la prensa registran la alta tecnología de sus armaduras. Lentes de visión nocturna, visión de calor, cascos indestructibles, armas, drones. 80 personas. Dos grupos de cuarenta. Tanquetas y perros incluidos. El Presidente toma una Walky Talky. Juega con él. Lo deja en el mesón. Se le cae de las manos como un flash forward metafórico. El Presidente habla orgulloso y presenta a su pelotón. Un pelotón que se encargará de llevar paz a la Araucanía. “Comando Jungla” le llaman. Fueron entrenados por gringos y colombianos para restablecer con sangre el tan amado status quo.

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1 de Julio. Televisión Nacional de Chile. Programa Estado Nacional. Domingo en la mañana. El mejor momento en la semana para conversar en la televisión pública de los temas que realmente son importantes. La periodista sonríe dando la bienvenida al programa y presenta el tema “La presentación del ´Comando Jungla´”. Todos casi recién salidos de la ducha. Rostros que parecieran no conocer la resaca en años. El panel se divide en dos. La típica melodía binominal que hemos estado escuchando hasta el cansancio como un hit del verano insufrible e interminable. Vidal toma la palabra y habla del conversar, de la importancia del diálogo político mientras bebe su café presuntamente amargo, negro y sin azúcar. Un expreso doble para fusionarse con su sangre amarga, negra y sin azúcar. Tira un par de tallas. Se autodenomina un experto de la historia. La historia es memoria y al parecer el rostro ancla de la concerta sufre de amnesia selectiva.

Luego un rostro “joven” de esa derecha libelays comenta que “al parecer se quedan pegados en una parte de las medidas” aludiendo a las políticas de desarrollo. “Parece que a la gente se le olvida, no escuchó. No es solo violencia.” Dice mientras argumenta no terminando sus frases. Como un mal actor televisivo intentando hacer teatro. Habla de cifras, de conversaciones con la oposición, de soluciones. Palabras vacías como un conejo de pascua que omiten la postal del Presidente jugando a la guerra.

Es el turno de la mujer mayor con el cabello verde. Un intento del canal por poner en el panel esa visión “onder” lejos del congreso y cerca de las redes sociales y la calle. Kena Lorenzini, confunde a Piñera con Pinochet al argumentar. Risas falsas “estás en el pasado querida” “es el subconsciente es el que habla” dice la vereda de al frente reaccionando instintivamente. “En Chile no hay guerrilla (…) se fueron a entrenar donde hubo una guerrilla” aludiendo al entrenamiento recibido por el “Comando Jungla” y luego sentencia  “Piñera será recordado como quien impulsó que en Chile haya una guerrilla”

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La respuesta de la contraparte no se hace esperar. Síntesis en tres frases:

  1. “El Gobierno se está haciendo cargo del problema”
  2. “Yo no vi bazucas, ni grandes armamentos”
  3. “Las tanquetas son para resguardar los puntos fijos que los mismos tribunales han identificado como de resguardo y los carabineros están a la intemperie o en contenedores”

El ex alcalde de Valparaíso no dice nada en concreto. Una voz hacia abajo, apagada, consciente de que todo que diga puede ser usado en la contra de su coalición. El ex vocero calla o le da el favor en algún punto a su contraparte. Se nota nervioso, pide más café, necesita ese trago amargo para continuar.

Es el turno de la argumentación más fuerte del panel de derecha. Gonzalo Müller nos regala frases que hoy son como una bolsa de agua caliente en el rostro: “No sé porque la gente se incomoda tanto cuando ve a carabineros cuando están protegidos”,  “Está dirigida contra pequeños grupos que no creen en la democracia y creen en la violencia como mecanismo”.

Pero su última frase, al volver a revisar el programa para escribir esta crónica, retumba como un eco insoportable.

“No hay ninguna autorización extraordinaria a resguardar el estado de derecho en la Araucanía”

Kena Lorenzini apela a lo sabido por todos. A los allanamientos, a la violencia de parte del estado, al nulo criterio, a los videos que todos los días aparecen. La cámara muestra a los panelistas de derecha con el rostro caído, esbozando sonrisas burlonas. Ridiculizando sus palabras o plantearlas como una ficción delirante de una vieja bolchevique. Vidal se incomoda. Sigue pidiendo café.

“A la vuelta de comerciales volveremos con…” y el programa avanza y ellos se ríen, se tiran tallas y el programa se acaba mientras nadie lo nota. Nadie ve esos programas. Es un domingo de Julio que nadie recuerda.

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Todo ha sido confuso. La noticia de la muerte Camilo Catrillanca nos llega como una patada en la cabeza. Se confirma como la primera víctima del “Comando Jungla”. Las palabras de los panelistas se devuelven al presente. Es mitad de noviembre. La primavera nos regala nuestras primeras semanas sofocantes. La noticia de la muerte de Camilo Catrillanca nos llega como un puzle en donde las piezas no calzan, como todas las noticias que llegan desde sur. Fragmentos oficiales en la televisión abierta disfrazando de objetividad la opinión de los dueños de los canales. Fragmentos que nos muestran un Arauco indomable que va acabar con la democracia chilena. Fragmentos que hablan de terrorismo, horror, de grupos armados, de bandidos a caballo destrozando todo a su paso. Fragmentos oficiales que se han enquistado en el imaginario colectivo construyendo una caricatura macabra de indios alcohólicos e ignorantes que perdieron todo por huevones. Fragmentos no oficiales de imágenes de niños heridos por perdigones. Rostros hinchados.  Mujeres reducidas en el suelo. Llantos. Gritos de rabia. Ceremonias interrumpidas por el humo de las bombas, el intimidante sonido de los helicópteros y el tronar de las tanquetas. Fragmentos de soldados entrando a escuelas, llenando de lágrimas acidas los ojos de los niños y llevándose al que sea a la fuerza. Fragmentos de patrones de fundo amenazando pistola en mano. Fragmentos de un funeral intervenido por fuerzas especiales, como si fueran los soldados de Tebas negándole a Antígona la sepultura de su hermano. Y los testimonios y las mentiras y las declaraciones contradictorias. Que fue un enfrentamiento. Que fue en defensa propia. Cuando el único conflicto posible en ese escenario era el de Camilo Catrillanca enfrentado al sol y a la tierra yerma sobre su tractor acompañado de su hijo. Y una bala se entierra en su cabeza y su sangre se une con la tierra y La tierra tiembla. Ese encuentro telúrico repercute en todo el terreno. Y nada calza. Y los Mapuche del centro se hacen presente, mientras que los guanacos avanzan con sus causticas aguas negras. Y los gases, y los palos, y los golpes. Y el rostro de Camilo aparece en los edificios proyectando la omnipresencia mapuche. Y el rostro se aparece en todas partes, y el presidente se arregla la corbata de nervioso. Sus ministros pecan de palabra, obra y omisión. Y las cámaras de sus casquitos justo ese día  no funcionaron. Es que era en defensa de aquella docente imaginaria víctima de un robo imaginario. Que la profe existe dice lo oficial. Que la profe no existen dicen los profes. Que tenía antecedentes penales. Que no tenía indecentes penales y caemos todos a un espiral de contradicciones que intentan tapar lo evidente: El asesinato cobarde de un comunero mapuche.

Y ahora que la verdad se asoma de forma grandilocuente, omnipotente e irrefutable nos dicen que no fue el “Comando Jungla”. Que si había cámaras pero destruyó la memoria. Pausa. Un policía destruyendo la memoria. Esa frase suena más profunda. Con otras dimensiones históricas. Destruir la memoria suena como una orden implantada en la mente.

Y el mapuche sigue viviendo solo en los insufribles covers de “Arauco tiene una pena”. Y el mapuche sigue viviendo como una figura de artesanía pintoresca. Y el mapuche sigue encerrado en la moneda de 100 pesos como una burla que pasa de mano en mano. Y el mapuche sigue apareciendo solo cuando nos conviene. Solo cuando se acercan las fiestas patrias en los colegios o cuando se celebra el famoso “Encuentro de dos mundos”, como si se tratara de un episodio hermoso de nuestra historia. Como si uno de los mundos no hubiese destrozado a espada y pólvora al otro mundo. Solo cuando se necesita en un acto oficial del gobierno de turno como los cambios de mando o la parada militar. Solo cuando el “trova” piñufla pone un par de palabritas en sus cancioncitas para recibir aplausos, un jarra de vino con frutilla o el teléfono de una mechona o un mechón. Nosotros solo recibimos fragmentos. Nosotros solo construimos una novela en base a ecos. Un eco que esta semana dejó de ser eco y se convirtió en un ensordecedor grito de guerra. Un grito que viene viajando desde el pasado con toda la potencia de los primeros guerreros de La Araucanía.

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