De humor risas y feminismo: una semana en el stand comedy “Zorroras” de Valparaíso

Por Pía Bastidas Fuica

Desde hace algún tiempo a esta parte el humor hecho por mujeres, en formato de Stand Up Comedy (comedia de pie) que consiste en exponer monólogos divertidos a partir de anécdotas cotidianas a un público determinado, se ha tomado los escenarios de nuestro país. Incluso el Festival de Viña del Mar, evento que deja mucho que desear, tuvo a tres cuenta chistes mujeres en su escenario. Asunto interesante de analizar porque, querámoslo o no, aquel Festival muestra aspectos profundos de la cultura “chilensis”.

Este programa  de televisión permite fotografiar una parte de lo que es el consumo cultural de masas. Por un lado, refleja cuál es la música mayormente “consumida por las mayorías” -o impuesta para el consumo-. Nos muestra cómo todavía se representa a hombres y mujeres en un escenario. El “glamour” y la colonización a través de una estética clasista aspiracional. Y por otro lado, revela el humor de masas, ¿De qué se ríe la sociedad chilena actual (en general)? ¿Y de qué no podemos mofarnos? Otorgándonos ciertos guiños socio-culturales. Es más, si realizamos una revisión histórica del evento, es muy posible que lo que nos hacía gracia en antaño hoy nos parezca totalmente inaudito (aunque debo confesar que no he sido muy fan del mismo).

Cabe recordar que el escenario festivalero es el mismo que históricamente es reconocido por “divertir” -adormecer y adolecer- a sus espectadores/as en dictadura, por tener a conductoras/modelos (mujeres objetos) adornando a sus animadores. Por lo tanto dejar subir al escenario a tres mujeres humoristas, no es menor. Considerando que la construcción social de la masculinidad les ha otorgado a ellos la opción de hacer reír. Ser graciosa no es una característica mayormente valorizada en las mujeres, pero sí en los varones. Relación genérica que claramente ha ido cambiando gracias a que el feminismo y las luchas de mujeres (cis y trans) se posicionan y problematizan cueste lo que cueste todos los rincones del quehacer cultural. Y tal como lo mencionan Silvia Federici y Marcela Lagarde (100% amadas) simbólicamente nos encontramos en la Era de las Mujeres. Ahora bien, no le doy tanto crédito a este acontecimiento en particular, pero que tres mujeres humoristas tengan la palabra para pensar y decir cosas irreverentes en un escenario tan masivo y conservador como el de Viña, habla de que en todos los espacios estamos haciendo ruido.

Pese a lo anterior, quisiera esclarecer que el hecho en sí mismo de que mujeres hagan humor, no significa que los discursos o temáticas de las cuales hablan sean representativas de los sentires de “todas”, porque como lo ha manifestado el feminismo desde hace bastante tiempo somos “diversas” y eso no hay que perderlo de vista nunca -las dos mujeres chilenas que actuaron eran rubias y blancas-. Pero sí, marca un precedente, recién en el 2018 no tuvimos que soportar al menos de parte de ellas chistes que objetivaran, discriminaran o violentaran a las mujeres (sólo por el hecho de serlo).

El humor machista, ese que es reproducido incansablemente por el patriarcado, pareciera ser el humor universal (o la única manera de reír que conocemos). Este permea la vida cotidiana, y nos sirve para normalizar o naturalizar prácticas misóginas, por lo que es urgente subvertir el mismo.  Porque ojo, el humor es un dispositivo bastante eficaz de perpetuación del patriarcado, en un sentido cultural. El machismo se expresa de manera sutil (en ocasiones) a través del humor, y por lo mismo lo dejamos pasar. Pero ahora, ahora aparentemente el escenario cambió. Y cuestiones machistas que antes nos parecían graciosas hoy no lo parecen tanto. Al menos no discursivamente, esperemos que el presidente no retroceda en este aspecto (risas).

Por lo anterior decidí inscribirme en un curso de Stand Up Comedy Feminista impartido por la colectiva de comediantas feministas Zorroras en la ciudad de Valparaíso. Lugar en donde conocí a mujeres intrépidas, interesantísimas y con mucha energía para hablar, compartir historias y abrir espacios profundamente feministas (de reflexión y cuestionamiento de nuestro ser mujer en el mundo). Y que a través del humor entregan herramientas que permiten llegar con un mensaje potente, ácido, irónico, gracioso a quienes estén dispuestos/as a escuchar y a compartir risotadas. Demostrando que es posible hacer reír con situaciones incómodas, cuestionadoras del status quo, develando nuestras contradicciones. Las mujeres también somos divertidas y generamos entre nosotras “camadrería” o comadrerío, el desorden y el humor no sólo les “queda bien” a los hombres, nosotras tenemos derecho a gozar en manada. Y es importante disputar todos los espacios de creación y producción cultural. Ya que lo transversal en el feminismo (pese a todas sus diversidades) es que “lo personal es político” y por ende es de suma importancia politizar el goce, las risas, las historias personales (que tienen de dulce y de agraz) y llevarlo a lo público. Recordemos que en occidente y en América Latina después de la colonización las mujeres hemos estado relegadas al ámbito doméstico o privado.

 

Continúo, lo más valioso de todo el taller es la metodología utilizada. El proceso de re-encontrarnos, de generar un espacio de encuentro. Vernos en la otra y a la vez diferenciarnos. Querernos en diversidad, desde la escucha activa, las críticas constructivas, las pachotadas e historias hilarantes y sufrientes que cada una atesora/mos y carga/mos en la vida como mujeres. Sí o sí converge un espacio de contención y goce. Que permite una re-humanización de nuestras cuerpas en un sistema que nos violenta, discrimina y hace competir de manera constante.

Es por lo mismo que les pregunté a las facilitadoras del taller Myr y a Caru, ambas feministas. Myr encargada de la parte más escénica y corporal del taller, y Caru a cargo de llevar el proceso creativo y de guion ¿Qué es lo más significativo del trabajo con grupos de mujeres?

A lo que Myr responde: “Que se produce por sí mismo un espacio de reivindicación, donde compartimos experiencias, tomando la palabra, provocando, participando, desde valorar y valorarnos en la diversidad y compañerismo, descubriendo nuevas formas de manifestación expresión, articulando y gestionando talentos y herramientas propias y colectivas.”

Y Caru, quien lleva un año y medio facilitando el taller a lo largo de todo Chile, e incluso internacionalmente, menciona que el trabajo con mujeres “aporta desde diferentes enfoques, desde el encuentro y reconocimiento de nuestro ingenio. Crear para nosotras espacios de disfrute y catarsis. Nuestras propias historias son el insumo principal para la autoconfianza y creación colectiva. En ese tiempo he tenido la oportunidad de crear y compartir con mujeres y cuerpas en resistencia entre los 17 y 50 años. Siendo el segmento entre los 25 y los 40 el más frecuente. En diferentes contextos, ya que la propuesta  del taller se ha nutrido en diferentes ciudades: Antofagasta, Bogotá, Valparaíso, Valdivia, Quellón, Buenos Aires, Melipilla, La Serena, Punta Arenas y Santiago. He trabajado con mujeres pobladoras, en contexto de cárcel y auto-convocadas.” Recalcando la diversidad de nosotras, y que cada quien construye su propio relato a través de su biografía, lo que hace posible un ejercicio a su vez etnográfico de reseñas biográficas de cada mujer en lugares y contextos diferenciados.

Myr además hace referencia a la importancia del trabajo con el cuerpo de las mujeres, ella realiza actividades en estas materias “cuerpo en movimiento” desde el año 2013, y también ha trabajado en diversos contextos, con niñas, niños, jóvenes y adultxs, en contexto escolares. En ambientes diferentes en la cárcel, en hospitales psiquiátricos, en hogares maternos, en poblaciones, tomas barriales. En diversas ciudades y comunas. Y menciona que “El cuerpo, es nuestro primer territorio, lugar donde acontece la vida, nuestra experiencia, nuestra identidad. Y este por mucho tiempo ha sido castigado, anulado, violentado y negado, por tanto es necesario liberarnos a través del movimiento, del conocimiento de nuestra propia corporalidad, de nuestro placer y dificultad, ser partícipes y tomar espacio con todo nuestro ser, sin fragmentar, conectando con otras y con otros desde observar y sentir con la piel. Atrevernos a tocar, acariciar y ser tocadas acariciadas con amor, respeto y creatividad. Es el lenguaje que he ido aprendiendo para conectar con la diversidad del mundo, es mi opción, porque ahí donde está el castigo también se encuentra la liberación. Y porque es el lugar donde somos nuestra propia obra de arte.”

El cuerpo de las mujeres, en un escenario, haciendo humor, es una apuesta política. El llamado es a re-apropiarnos de nuestras historias, compartirlas con otras, ser creativas, lúdicas, juguetonas, atrevidas, deslenguadas, gritonas, imitadoras, hilarantes, desenfrenadas, irrespetuosas, ser dueñas de nuestra voz, resignificar nuestras fallas, errores, contradicciones y acontecimientos de lo que significa ser mujeres en el neoliberalismo desencarnado. Está bien enojarnos y actuar con rabia cuando así lo necesitamos -las feministas sabemos mucho sobre enojo, pena, rabia- ¡Porque estamos hartas! Sin embargo, también debemos cuidarnos. Parte de construir un buen vivir o un mundo más esperanzador y prometedor es saber gozar, divertirnos y amarnos. Por lo que es muy importante no dejar de lado las ganas de reír, compartir con las demás compañeras, escupir tonterías y  jugar.  La puesta en escena, las risas, el vino, la noche, el gliter (si gusta) y el micrófono para decir “Esta soy yo en este mundo  desquiciado” puede resultar ser una experiencia liberadora total. Así que el llamado es a hacer humor colectivo, asumirnos y presentarnos, o si es demasiado la timidez apoyar a las compañeras que están alzando la voz en esos espacios. Pero la risa va.  Porque como dijo Caru “Cuando nos reunimos entre nosotras, la tierra tiembla”, es necesario encontrarnos con otras para vernos a nosotras mismas, y hacer que la tierra se mueva a nuestro favor.

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