[Galería] La Renga en la Quinta Vergara: la caída de Viña del Mar ante los barrios bajos

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Por Jimena Améstica

“Siempre quise ver Viña así”, pensé, mientras salía de la estación del metro y caminaba a la Quinta Vergara. Eran hileras de gente esperando a la banda argentina La Renga, muchos de negro y con la ropa desgarbada, usando las calles y las cunetas de los presumidos. Ahí los vi, con botellas de Báltica y Quilmes, sentados en el suelo sobre sus lienzos. Era como un estadio. “Por fin llegó el día”, dije, el día de la caída de Viña ante los barrios bajos.

20 de octubre a las 21 horas decía el anuncio pegado con engrudo en todas las paredes de la ciudad. Como siempre tendrían un telonero que usaría sus 20 minutos para encantar a los que ya habían llegado para asegurar las butacas del palco. Sí, porque era la Quinta Vergara, el símbolo de las postales turísticas de Viña del Mar y que esa noche abría sus puertas a la “Furia de la Bestia Rock”  y nos sacó a todos de la acostumbrada “cancha”.

Cuando llegué a las boleterías, lo primero que escuché fue el acento bonaerense, y a otros cordobeses, pero seguro habían de otras ciudades que no supe distinguir, porque fueron cerca de 3 mil trasandinos los que vinieron siguiendo al grupo. Y no es extraño, es la cultura de la banda. Una apología al nomadismo.

El ambiente era un desorden ¿Dónde estaban los selectos intelectuales con sus entradas regaladas para los Conciertos de Verano y el ballet “El Cascanueces”? ¿Dónde quedaron los fans con los cintillos de “Maluma” en la frente, o las boinas verdes con estrellas rojas, que llegaron días antes para ver a Silvio Rodríguez?

Estaban perdidos seguramente, entre los que macheteaban unas monedas para comprar la entrada haciendo malabares, y los que se cubrían del sol con las palmeras para pasar la caña de los copetes de la mañana.Todo, frente a los ojos de un par de funcionarios municipales, que se paseaban con sus chaquetillas amarillas, mirando con cara de: “Oh, por Dios”.

Ya adentro, se empezaron a acomodar los lienzos en la galería. Cada piño suele tener el suyo, donde toman una frase de alguna canción y lo pintan con óleo. Los más talentosos hacen sus dibujos y hasta retratos de los músicos. Y bueno, siempre anda pululando el ladrón de arte. Es una regla. Si no le pones ojo, aunque sea a la distancia, desaparece mágicamente.  “¿Dónde está el lienzo?, ¿Lo miraste, che?… Te pajeaste todo el día con él y ahora te lo roban, pelotudo”, le gritó una argentina a un argentino en las últimas  filas de la platea.

“Esto no se llena”, La galucha está pelada”, “No fue tanta gente al final”, comentaban algunos ilusos, que miraron con sorpresa cuando minutos antes de empezar, una masa invadió los pasillos y empezó a ocupar los puesto vacíos. Era una marea de niños, niñas, mujeres y hombres que se distribuía uniforme. ¿Dónde estaba toda esa gente? En los alrededores de la Quinta, claro, terminando de bajarse la latita de chela.

Yo me acomodé con mi cámara de bajo presupuesto para intentar hacer algunas fotos dignas. A la prensa le dieron un espacio en una esquina del escenario, a un costado del palco. La Renga salió y en un impulso todos quisieron tomar altura subiéndose a las rejas, a las butacas, a dónde fuera. Seguí la masa y me acomodé sobre una “valla papal”, estaba sola con la vista libre, pero no pasaron dos minutos y tres tipos se acomodan al lado, tapándome el lente con los brazos. Como todos pelee mi espacio y a codazos volví a tener visión.

Estuve las primeras cinco canciones en la reja, hasta que llegaron los guardias y bajaron a todos. Se me había acabado el tiempo y salí del espacio protegido a la realidad. Me acomodé donde pude, no veía mucho, todos me tapaban encaramados en las butacas. Fueron tres horas de “Banquete”, como le decimos a los conciertos.

Días después del show leí en la prensa: “Palco de la Quinta quedó dañado después de concierto de La Renga”. En todo segundo me imaginé a Virginia Reginato, la alcaldesa del balneario cursi, agarrándose los pelos por haber permitido tal aberración. Y qué locura para el pobre desgraciado, que en una de las fotos, se veía despegando perno por perno las estructuras estropeadas del suelo.

¿Por qué no lo hicieron antes?, pensamos, si todos sabían que esto pasaría. Aún recuerdo las palabras de Gustavo Fabián “Chizzo” Nápoli , el vocalista, cuando dijo: “Qué maravilla de estadio que tienen, che. Qué sonido”. Me reí y a la vez me impresioné, porque habíamos logrado darle una identidad al lugar. ¿Qué se yo? En ese momento éramos la barra, cantando y bailando con “buseca y vino tinto”, reemplazando las entradas millonarias que pagan por el Festival de Viña y dejando fuera a los “narcisos y playboys que vomitaba la pantalla” chilena y que en cada febrero acomodan sus traseros en estos mismos asientos.

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