El bolsonaro criollo: el día que invité a José Antonio Kast a la Upla y se hizo viral

Todo ha pasado tan rápido, que no sé en qué momento exactamente empezó a preocuparme. Yo estaba durmiendo una reponedora siesta de miércoles por la tarde, después de una ducha, y vi el viral de José Antonio Kast siendo linchado por un grupo de estudiantes de la Universidad Arturo Prat. “Qué fuerte, pero también gracioso verlo arrancar”, pensé. Y publiqué un estado en Facebook con una invitación: “Díganle a José Antonio Kast que está cordialmente invitado a la UPLA”. Me volví a dormir. Al despertar, ya habían algunos focos de incendio en las cuentas de amigos que habían compartido mi publicación.

Al día siguiente, hice la misma rutina: ir a clases, escuchar los comentarios de mis compañeros periodistas en formación, salir, llegar a una cama, dormir. Y al despertar, vi que aquella inocente idea había llegado hasta un portal de noticias de Valparaíso y había sido visto por miles de personas. A eso súmenle que, cada un minuto, hace 24 horas, me llega una notificación al celular avisando que otra persona le dio “me gusta” o compartió el post.

No se equivoquen: evidentemente la noticia no soy yo. De hecho, podría pasar perfectamente como un oportunista o alguien con mucho tiempo libre, tanto como para invitar a una persona que genera tanto anticuerpo a un lugar donde, seguramente, enfrentará una situación adversa. Pero les explicaré por qué no es así.

José Antonio Kast es el poder. Es cosa de mirar su piel, su pelo rubio, las gesticulaciones que hace cuando le preguntan por quienes considera raros, enfermos y marginales. Nada más escuchen su tono, porque solo alguien que ha hablado toda la vida desde el privilegio y el poder por derecho divino puede tener tanta elocuencia y seguridad. Creo que perder la oportunidad de entrevistar a alguien así, con un trabajo periodístico serio detrás, sin las concesiones de un matinal ni los tiempos disparatados de los debates televisados, sería un error.

Si me preguntan, hubiese pensado dos veces antes de agredir a Kast. No lo condeno a priori, porque comprendo que este es el fruto de su discurso de odio y provocación; pero en estos tiempos donde las víctimas, en tanto figuras reivindicativas, están cobrando más relevancia, creo que la última torpeza que podríamos cometer es hacer que José Antonio Kast se convierta en una de ellas.

La izquierda y su pensamiento pasan por una crisis de proyección y perspectiva. No hay alternativa real y deseable en el horizonte que se pueda construir. Tiene pocas capacidades de influir en el escenario político para transformarlo, entonces, el único terreno que le queda es el del lenguaje y las palabras, repitiendo el mantra “el lenguaje construye realidad”, delatando lo dramático que es convertirse en un policía de lo que se puede y no se puede decir. Kast conoce esta debilidad y entra con tanques al único espacio que nos queda. Y nuestra fortaleza cae como castillo de naipes. ¿De verdad consideramos sostenible el veto a su discurso fascista?

Hoy me han preguntado todo el día qué pasaría si esta idea de traer a José Antonio Kast a la UPLA toma vuelo y él mismo prende. Primero entré en una especie de pánico porque quién me manda a invitarlo. Después vi que la mayoría de la gente reaccionaba riéndose, entonces pensé que nadie lo tomaría en serio. ¿Y si esto va más allá de lo raro que sería? ¿Y si las voluntades están y van hacia el mismo lado? ¡Toda la gente se reía de Trump y miren dónde está!

El foro empezaría a las 11:00 de la mañana, en el Aula Magna que sirvió para detener gente en la dictadura que él defiende. Habría libertad para colgar cualquier lienzo, incluso con ofensas, pero con la condición de escuchar atentamente las preguntas y emplazamientos de un grupo de académicos, estudiantes, dirigentes sociales, estudiantiles, vecinales, voceras de organizaciones feministas y LGBT+, junto a sus respuestas. Ojo: esta no sería una charla pro-Kast, porque él estaría bajo el escrutinio de los y las mejores en su campo. El fascismo se cura leyendo, dicen por ahí. Lo haremos en una universidad de región, las que Pinochet mandó a morir y de las que no se ha hecho cargo ningún gobierno de la transición. Jamás me imaginaría esto en la Universidad de Chile, porque viven en el mismo barrio que Kast.

 A quienes no están de acuerdo: no tengáis miedo de mirarlo a él. Desarticulémoslo políticamente. Ni siquiera les pido que escuchen el armónico canto de voces disonantes que nos propone la democracia. Les propongo la política, ese lugar que nos arrebataron y donde tenemos que volver.

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