[Columna] Yo y Sumo: “Mejor no hablar de ciertas cosas”

Por Mauricio Tapia Rojo

Voy a ser lo más sincero posible. Tengo 29 años y solo hace 6 años que conozco a Sumo. Antes para mí eran sinónimo solo de los dos temas más conocidos que pegaron tanto en los 80 que de repente sonaban en la parrilla programática de las radios más improbables y en algunos programas de televisión. Hablo de La rubia tarada y Los viejos vinagres. Todo lo demás era desconocido para mí hasta que un amigo de una amiga apareció con su mp3 a apañarnos en una actividad de un centro comunitario en el cual participaba en Villa Alemana. Lo escuchamos toda la tarde y quedé grave.

Me obsesioné como suelo hacerlo con las cosas que me gustan mucho. Bajé la discografía. Escuchar cada canción de cada disco se volvía un ejercicio vertiginoso, placentero y adictivo. Con algunos amigos estuvimos pegadísimos con la banda liderada por Luca Prodán por meses. Compartíamos cada dato freak o anécdotas que pillábamos por ahí mientras bajábamos unas chelas en un terreno baldío. Que Luca fue compañero del príncipe Carlos y le hacía bullyng. Que se fue de Europa escapando de la heroína y terminó muriendo de alcoholismo en la Argentina. Etc. Etc. Etc.

Como con todas las obsesiones al encontrarse con un tope se pierde el interés, y así Sumo pasó a ser parte de la biblioteca musical albergada en mi cerebro junto con The Beatles, Pink Floyd, Hendrix, Nick Drake y blablablá. Todo estuvo en estado de latencia hasta que llego a mis manos el libro “Luca es mío” escrito por el periodista, comediante, macho, acosador de mujeres y saxofonista de Sumo Roberto Pettinato.

Lejos de ser una biografía tipo Wikipedia, el misógino músico nos relata en tono anécdota historias ultra sabrosas de su amistad con Luca, el desarrollo de la banda entre otros temas. Creo que Petinatto está en la obligación moral de narrarnos dichos hechos como un narrador testigo y presente. Como el amigo de Augusto Dupin en los crímenes de la calle Morgue. Un deber moral de estrujar su memoria y entregarnos ese sumo (equis dé) cítrico de historias a unos fans que aún tenemos sed. Obligación moral que por cierto debería tener Claudio Narea y dejar de una vez por todas aquella llorona actitud de víctima de Jorge González.

El libro aporta datos interesantísimos sobre cómo eran las jerarquías del rock argentino en los 80 y sobre todo la ideología de Luca. Su visión del mundo, la forma en como vivía la música y como Sumo era para él más que una banda una verdadera familia. Y eso se nota en todos los putos videos que puedes encontrar en youtube.

Luca trasciende tanto que me hizo llegar a otro músico y en otra banda. Me hizo pensar en el Macha Asenjo y La Floripondio. Es que no puede existir el Macha sin Luca. La influencia en evidente. Estoy consciente de que no estoy descubriendo América con esto pero es imposible leer sobre Sumo y no pensar en la Flori.

La experimentación. Las 3 cucharadas de punk, las dos cucharitas de reggae y la pisca de Ska. La magia de convertir la rabia en una fiesta. La visión detrás del cobro por tu trabajo. El bajo fondo. La tierra levantada por los pogos. La ranciedad hilarante. La cara del pescao con una lata de cerveza en la mano en calle Central de Belloto Sur diciéndome que van a tocar en el huevo.

Petinatto plantea en su libro que  Luca no debería ser parte de preguntas estúpidas ¿Qué sería de Luca hoy?  ¿De que hablaría? ¿Hubiese votado por Cristina? ¿Qué música haría?” ¿Terminaría como el Macha?  ¿Terminaría tocando cada vez menos con la banda de nombre de flor psicodélica? ¿Terminaría hastiando a sus seguidores con empalagosos cover de cumbias y boleros hasta el cansancio?

Porque eso pasó con el Macha. Chico Trujillo se transformó en un fenómeno que trajo consigo una avalancha de grupos pachangueros que cuyo punto más bajo se llama Villa Cariño. Y cada vez lo vimos menos. Con Bloque depresivo pasó algo similar. Se convirtió en un fenómeno de culto gracias a las bondades de youtube y terminó musicalizando cuanta cena de año nuevo con la familia. Y de repente nos vemos en la mitad de una fila enorme que rodea dos veces el teatro municipal de Valparaíso para escuchar esos temas cargados de nostalgia. Con aroma a cazuela y té con leche. Y de repente nos tenemos que ir porque se llenó. Y luego no pudimos comprar las entradas porque se agotaron en cinco minutos a pesar que el local queda a la conchesumadre. Y pasamos del amor al odio. Al querer matar al padre. A dar el portazo y esconderse en la pieza a escuchar Matar al presidente a todo chancho.

Solo quedaba esa sensación de escucharlos por el cariño y por los momentos. Como cuando veíamos los Venegas a la hora de almuerzo solo como una tradición republicana. En ese momento La Flori nos pega un tremendo cornete. El 2017 aparece “Gimnasia para Momias” y  nos regalas aquella canción terriblemente acertada llamada “Y es de día” y todos los habitantes y vecinos de Villa Alemana sintieron algo cuando escuchaban en tono reggae el relato de como la ciudad se va secando entre supermercados y cruces gigantes. Una sensación parecida al “recorrido por Santiago y por Rumié”.

¿Luca hubiese terminado como el Macha? ¿Seguiremos sintiendo odio y amor por Asenjo? ¿Hubiesen tocado juntos en les festival del abrazo? No sé “Mejor no hablar de ciertas cosas”.

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